miércoles, 1 de mayo de 2013
Cuadro colgado
La felicidad de andar descalzo por el pasto. Sintiendo cada trazo, detenido en cada caricia del verde sobre la planta de los pies.
Cuantas tardes llenas de eso, tan solo eso. Andar descalzo.
Pensar en otra cosa me resultaba imposible, no podía pensar en nada, no había cueva para la mente.
Otra vez solo podía andar descalzo, ser tierra o devenir en animal loco brutal.
Pero con los tiempos del incienso.
Ya las hojas viajaban a otras comarcas, desandaban su libélulo andar en andamios arrendados.
Prendían de los hilos del fuego, crecían las manos como las remolachas.
Los pies eran bosquejos de marionetas apremiadas, los ojos dos cicatrices fundidas.
La panza eran conejos arrugados y en las entrañas transaba el corazón.
La ropa hacía fila en el invierno y jugaban los omóplatos a ser desiertos desiderios.
Solo pasaba una cosa y es que andaba descalzo, sentía la velocidad del detenido tiempo,
rugía silencio, abría ventanas, vaciaba botellas, rogaba una lluvia.
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